lunes, 2 de noviembre de 2015

Resignación y vuelta a empezar



Entramos en el momento de las bambalinas, los set de maquillaje, los minutos previos a la salida al mitin, el acto televisado; el ensayo de la coletilla ganadora, las últimas muecas frente al espejo, los papeles leídos nerviosamente antes del On Air, de los trillados comentarios repetidos una y otra vez, aquellos que los asesores aseguran que aumentan grados porcentuales en la próxima encuesta del lunes.

Como decía la banda Queen en su maravilloso epitafio musical (el verdadero, el de 1991), Show must go on. Empieza la campaña electoral, empieza lo que he venido en llamar la "deportivización de la política", el Nixon contra Kennedy que ahora llena continuamente los platós de televisión.

Ahora parece que todo se limita a ganar una batalla dialéctica; cosa que no me molestaría si no fuera porque los rings de la tele, la radio, exigen la respuesta milimétrica, la no indecisión, la argucia instantánea para evitar el descalabro que sepulta las esperanzas electorales de organizaciones compuestas por miles de militantes que se dejan la piel en el día a día.

Atrás quedamos los nostálgicos, los que creemos que hacer política implica determinación y pedagogía; implica la valía de aquellos que sin renunciar a dar la batalla en los grandes medios, en las formas líquidas de la modernidad, se vuelcan más en hacer mociones en sus ayuntamientos, en repartir octavillas o periódicos en las calles, y en definitiva, seguir esa máxima ahora olvidada de que la mejor manera de convencer y persuadir es mediante el Programa, programa, programa.

Cuando las líneas divisorias de la "vieja" y la "nueva" política se desdibujan, cuando según algunos, defender estandartes de la izquierda es salir a perder, cuando hay que renunciar a los significantes con contenido por los "significantes flotantes" y dejar que el libre albedrío los configure, cuando la palabra cambio es sólo un eslogan y el liderazgo está sólo construido en el ruido hacia fuera, cuando la convergencia es el mantra y los pactos por arriba son presentados en plebiscito como un "estás conmigo o contra mí" (cual Moisés con sus tablas de la ley),... la siguiente pregunta que uno debe hacerse es: ¿para qué?

Como dirían los Extremoduro en su intro de "Standby", me enervan los que no tienen dudas. Me enerva que por efecto de la Alta Velocidad comunicativa y la inmediatez de fechas electorales se dilapiden proyectos políticos comunes. No se trata de fetichismo, se trata de tener las mejores herramientas posibles del cambio. No me interesa destruir sin construir a la vez una alternativa mejor, lo que obviamente tampoco implica estar contento con lo que se tiene.

Volviendo a los significantes flotantes: "casta", "la gente", "la unidad popular", etc., son elementos válidos que generan insumos en la lucha por el sentido. Ahora bien, cuando se maltratan, se estiran, y no van delante de elementos y actores que tienen claro cuál es su valor de liderazgo, ¿de qué sirven?

Para quien no haya entendido una pizca de mi último párrafo, conocerán esta frase tan manida que suelo utilizar: si ganamos las elecciones y nos aplican el "corralito" al día siguiente, ¿quién nos va a apoyar en las calles? Se darán cuenta entonces los que han tratado de "quemar todas sus naves" en pos de una (improbable) victoria electoral que erraron en su día al ver a sus aliados naturales como enemigos, más preocupados por el plasma que por la agitación social. Y ese día, que llegará, habrá que volver a reconstruir. Y ese día, estaremos los de siempre, los del estandarte raído pero por todos identificable.

sábado, 27 de diciembre de 2014

Cortos de la Sierra: experiencia idílica




Ahora que se acerca el final de año y que el abandono "forzado" de escribir en este blog, quisiera dedicar la última entrada a una historia, a un mini-relato que ocurrió a mediados del caluroso mes de agosto que, en la provincia de Salamanca, suele ser menos caluroso que el final de julio (en un clima de extremos, casi se puede decir que suele ser -no siempre- un mes "suave").

Así con estas, el 23 de agosto mi hermano y yo partimos hacia lo desconocido, para una actividad en nombre de PRO SPORT EDUCACIÓN DEPORTIVA. Las poquitas referencias que teniamos de nuestro destino se las agradecemos a María José, la presidenta de la asociación cultural La Nogala que de forma autogestionada y mancomunada organiza todas las actividades de un pueblo muy pequeño, tanto, que pasa por ser de los más pequeños de todo el país.

Pasando el pueblo de Vecinos, a unos 30 kilómetros de la capital salmantina, en un cruce a la izquierda, se halla la pedanía de Cortos de la Sierra, un pueblo dependiente administrativamente de Naharros de Matalayegua, y cuyo cartel de entrada y de salida difieren en una distancia aproximada de unos 200 metros.

A la derecha en la carretera se hallaban unas casas, y adentrándonos un poco más, encontramos lo que parecía una escuela donde, bajo un soportal, decenas de personas con camisetas de peña disfrutaban con jolgorio de partidas de cartas (al parecer había un torneo de mus), mientras que los críos y adolescentes jugaban o como solemos decir, "armaban".

En un primer momento, las miradas se volvieron hacia nosotros (esperábamos un recibimiento mucho más frío), pero pronto siguieron cada uno a lo suyo y al poco fuimos atendidos amablemente por María José.

Pronto empezamos a inspeccionar las instalaciones en las que debíamos realizar la actividad (ambos fuimos para llevar a cabo una jornada temática sobre el mundo medieval para los chavales del pueblo). Un campo de tierra de fútbol y una minipista de baloncesto de hormigón anexa. No solo no cundió el desánimo sino que fue ahí donde precisamente empezó nuestra creatividad a brotar para desarrollar nuestro trabajo (que acabamos haciendo con mucho gozo, por otro lado).

Nos adaptamos tan rápidamente como pudimos y de la mano de varias personas más pudimos preparar todo para que los cerca de 30 chicos y chicas (de edades comprendidas entre los 6 a los 13 años), vinieran a jugar y a divertirse con diferentes juegos que les preparamos.

Con el paso de los minutos todas y todos empezaron a entrar en las dinámicas (nunca es fácil "entrar al trapo"), y en cuanto formamos equipos y dejaron volar su imaginación en un juego de dibujos, no sólo vimos que empezaran a disfrutar, sino que además nos sentimos muy complacidos por las dinámicas que hoy en día apenas podemos encontrar en el entorno rural: trabajo en equipo, sin importar la edad ni el sexo; colaboración, competitividad sana; y creatividad a raudales, haciendo que ellos mismos sean jugadores, protagonistas, y hasta directores del juego.

Con el paso del tiempo (la actividad fue alargada 1 hora de más debido al disfrute de los niños y niñas), nuestros caballeros y caballeras se divertían más y más y llegó un punto en el que ni nosotros podíamos controlar su exaltación; los juegos se disfrutaban, se reconvertían rápidamente y la imaginación volaba sólo con cajas de cartón, celofán, palos de fregona y mucho empeño.

Así estuvimos hasta casi las 22 horas, y al momento que recogíamos, muchos padres y madres vinieron a felicitarnos por el trabajo. Después fuimos insistentemente invitados al convite monumental que tenían preparado por la noche (con carne a la brasa, embutido, quesos, bebidas, etc.) en la plaza del pueblo.

La gente estaba, literalmente bajo las estrellas (pues la escasa contaminación lumínica nos dejaba contemplarlas), disfrutando animadamente de la comida, y las más de 100 personas reían, hablaban distendidamente, y se animaban a acercarse a comentar lo que había sido la actividad, el pueblo, y más cosas. Quisiera destacar que el reparto de tareas en la organización la hacían por sorteo, así que todo el mundo tenía que hacer algo (incluidos los y las adolescentes), y todo el mundo se sentía responsable del evento, recogiendo platos, fregándolos, o poniendo las mesas, la luz, etc.

Finalmente, por coincidencias del destino, acabamos en casa de los familiares de una amiga de mi hermano (distancia: cruzando el otro lado de la carretera), y fue allí donde, aparte de prometer esta humilde entrada que ya llega con mucho retraso, nos reímos a carcajadas tomando un apacible café (...y un buen orujo), con la familia de la susodicha.

Sin duda fue un día que no olvidaremos, porque fue un soplo de aire fresco, un pequeño edén en medio de la meseta castellana, donde hizo falta muy poco y sobró mucho de humanidad para que pudiéramos volver con una sonrisa de oreja a oreja. ¡Prometimos repetir!

martes, 17 de junio de 2014

La nueva opresión se llama mercado. Experimentos en Hungría

Foto 1: Tranvía a su paso por el puente Szabadság. Budapest.
Fuente: foto propia.

Hace ahora unos dos meses que apareció un informe anual publicado por la OECD "Better life Index", relacionado con encuestas pluriestatales sobre percepción de la felicidad, y donde de nuevo Hungría apareció como "el más infeliz" puesto que sus habitantes consideran tener una muy baja satisfacción personal con su vida, muy bajos ingresos (acompañados de una fuerte y creciente desigualdad económica), problemas de acceso a la vivienda, y con una alta tasa de mortalidad (explicada por los crecientes niveles de tabaquismo, adicción a drogas y tasas de suicidios).

Budapest (1.800.000 habitantes) es la capital omnipresente del país magiar. Sin lugar a dudas, un sitio privilegiado para vivir... Decenas de monumentos, colinas que rodean a las villas antiguas de Obuda, Buda y Pest, lugares para la historia y de una belleza arquitectónica incalculable (incluidos monumentos civiles como el Parlamento o el Bastión de los Pescadores). No obstante, la situación de esta histórica ciudad en el presente (y en el futuro cercano) está íntimamente ligada a un proceso de mcdonalización cultural y económica que ha acelerado en el mal sentido su terciarización completa. Lo primero se debe a que, tal y como explicaba el antropólogo Manuel Delgado en el reportaje "Aquí se vende centro de ciudad" (El País, 6 de enero de 2014), las ciudades turísticas han desplazado la actividad cotidiana, esencialmente de clases bajas, para disponer de "decorados para prácticas sociales rentables". Los turistas pasan a ser los sujetos (u objetos de consumo, según lo miremos) elementales de la vida céntrica de la ciudad; lugares como la concurrida plaza Blaha Luzja son escenario de centros comerciales y grandes multinacionales (especialmente de restaurantes de comida rápida), experiencia que se extiende al paseo Erzsébet Körút de camino a Oktogon (donde curiosamente se reproduce este mismo patrón, con cuatro edificios en forma de rombo y en cada uno de ellos publicidad de grandes marcas...e incluso del mismísimo Bank of China, poseedor a su vez de otro bellísimo edificio cerca de Vörösmarty Tér).

Por suerte (o por cabezonería local, o tal vez porque no han sido exploradas/explotadas aún), existen zonas de una gran entidad local donde los budapestianos discuten y hacen vida en la calle: siempre en torno a numerosos parques céntricos concebidos como espacios de encuentro, se erigen cadenas de supermercados y puestos de calzado y ropa "trending" que tienden a disputarse los distritos VII, VIII y IX con comercios minoristas y con alguna que otra experiencia interesantísima de restaurantes y ruin bars e incluso granjas orgánicas (como la que se encuentra junto a Margit Hid, donde se puede tomar una placentera cerveza al lado de las cabras que producen los lácteos que se venden en su tienda). Sin embargo, no me atrevo a decir que haya habido un fenómeno de glocalización, es decir, una adaptación "a la húngara" de las reglas del libre mercado, sino que más bien se trata de puntos de resistencia o de adaptación rápida a la demanda de hipsters, teenagers, y turistas (por ejemplo Királi utca, la más animada de las calles de Budapest, era un ir y venir de cierre y apertura de nuevos negocios, desde cafeterías a tiendas de decoración posmoderna).


Foto 2: Concierto de Blues en Lampas (Dob Utca, 18. Budapest).
Fuente: foto propia.

Por otro lado, económicamente hablando, las relaciones de trabajo se han depauperado fuertemente. Y es que como diría Eduardo Galeano, no se puede reducir a cifras la igualación cultural impuesta por los moldes de la sociedad de consumo pero sí la desigualdad económica. Ya en el año 2006 se veía cómo Hungría era el tercer país de la UE25 en horas trabajadas al año -cerca de 2000-.
La exclusión social alcanza niveles inauditos; por poner un ejemplo, sólo en Budapest, el número de vagabundos ha pasado en 1985 de ser prácticamente cero a cifras que hoy alcanzan entre 6.000 y 8.000, e incluso hasta 15.000 según algunas fuentes (para referenciar, Madrid, tres veces más grande que Budapest, cuenta con 2.500). La prostitución, por otro lado, es común y el número de "strip-clubs" en el centro es enorme.

Mientras esto se produce, se afianza el individualismo y la libertad de elección se asocia al dinero en la cuenta corriente que cada uno tenga. Como ejemplo, basta con hacer un viaje por la zona menos turística de Budapest pero a la vez la más nueva: el norte de Buda, donde nos encontramos innumerables oficinas de grandes empresas en una maraña de asfalto que huele a gasolina (por cierto, ésta al mismo precio que en España, pero con un sueldo medio bastante bajo -9.817€ comparado con los "presuntos" 26.027€ de nuestro país). Allí se replican actividades medioambiental y socialmente insostenibles: trabajadores asalariados de sector servicios (en centros comerciales como el de Budakalász, a unos 20 kilómetros del centro), disponibles los 7 días de la semana con sueldos modestos al servicio de los nuevos ricos, hijos de los primeros compradores privados de viviendas heredadas de la época soviética, y que ahora triunfan en profesiones liberales; son los nuevos marqueses de Andrássy, pero su estilo de vida está fuera de la ciudad: eligen vivir en las preciosas colinas cercanas a Buda o incluso habitan mansiones en primera línea del Danubio en alguna de las islas naturales que se han mantenido firmes frente al enorme caudal del río.

Es así que vemos cómo los budapestianos han recogido los vicios peores del capitalismo: mcdonalización e individualismo, mientras que al mismo tiempo mantienen una pasión nacionalista excesiva, extendible al resto de Hungría, como pude comprobar viajando a Szeged (última ciudad al sur antes de entrar en Serbia), donde incluso tuve la desagradable experiencia de tener que marcharse (hay quien lo llamaría huir) tras acabar rodeado de un grupo numeroso de neo-nazis. Allí tuve "el placer" de conocer a quienes te pueden recibir con un "Gora Euskadi", para luego hablarte de lo bueno que era Francisco Franco (literal). En este interregno, nos explicaban a mí y a un querido colega de expedición que su nación fue cercenada tras la separación de Transilvania (históricamente conquistada por Árpad y las siete tribus a finales del siglo IX, y que fue unida a Rumanía en 1918 por los aristócratas de la zona, hecho que se confirmó tras el Tratado de Trianon), con numerosísimos húngaros viviendo allí.

La historia (contada) del país tiene un fuerte carácter xenófobo y chauvinista: de la conquista de las tribus magiares a la construcción de un Gran Estado (si se me permite la licencia por lo de Estado) húngaro, que fue sistemáticamente atacado (y muchas veces colonizado), por otomanos, austríacos, fascistas (quienes anteriormente facilitaron la reunificación de Transilvania en el Segundo Acuerdo de Viena), y comunistas. El efecto victimista exuda por los cuatro costados, pero la memoria colectiva de los magiares está enfocada solamente hacia una dirección: el comunismo.
Dicha memoria ha llevado a mantener sólo dos símbolos, los de la Ciudadela, y el de la Plaza de la Libertad, ambos relacionados con la liberación de las tropas soviéticas de la capital y de todo el país, de la presencia de los nazis.

Foto 3: Monumento a la liberación en 1945. Szabadság tér. Budapest.
Fuente: foto propia.

Es con esto con que llegamos al final de mi relato. Un relato que, nunca mejor descrito, se representa en esa Plaza de la Libertad; la misma donde se encuentra la embajada de EE.UU.; tras la estatua que conmemora dicha liberación en 1945, se encuentra una escultura con la figura vacilante y de "superstar" de Ronald Reagan, en dirección hacia el Parlamento, pero de espaldas. Toda una señal.